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Opinión

¿Unidad progresista o pelea por las banderas? Gustavo Rojas y Luis Gabalo agitan la disputa por el poder universitario

El respaldo de dirigentes progresistas a Gustavo Rojas y Luis Gabalo desata una controversia sobre la unidad del Pacto Histórico ante la elección del Consejo Superior de la Universidad del Atlántico.

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Una rueda de prensa reunió a dirigentes de distintas corrientes del progresismo alrededor de la candidatura al Consejo Superior de la Universidad del Atlántico. Pero el respaldo anunciado abrió otro frente de discusión: ¿quién tiene la autoridad para hablar en nombre del Pacto Histórico?

La política tiene una vieja paradoja: a veces, cuando alguien anuncia una alianza, la primera reacción no es celebrar la unión, sino discutir quién autorizó la fotografía.

Eso es precisamente lo que ocurre alrededor de la candidatura de Gustavo Rojas Morales y Luis Gabalo al Consejo Superior de la Universidad del Atlántico, cuya elección está prevista para el próximo 6 de noviembre. Una rueda de prensa con presencia de dirigentes de diferentes corrientes del progresismo puso sobre la mesa una apuesta de articulación política, pero también dejó al descubierto las diferencias que atraviesan ese sector.

El mensaje de los promotores de la candidatura fue contundente: hay sectores del Pacto Histórico, Alianza por la Vida y otros movimientos que respaldan esta fórmula y están dispuestos a trabajar por una representación de los egresados en el máximo órgano de gobierno universitario.

Sin embargo, el anuncio no pasó inadvertido. Desde otra orilla del progresismo surgió una objeción que cambió el tono de la discusión: ¿se trata de una alianza formalmente acordada o de la adhesión de dirigentes que respaldan una candidatura sin que exista una decisión colectiva de toda la coalición?

La pregunta incomoda, pero merece una respuesta.

Nombres, movimientos y una fotografía que habla

En la rueda de prensa participaron Julio Andrade, de Alianza Verde; Donaldo Barrios, del PTC; Máximo Noriega, de Marea Progresista; Diana Salas, del Movimiento Progresista; Alfonso Centeno, del Movimiento Plural; Eloy Soto, Rafa Motta, Juan Maza, José Marchena y Pilar Bustamante, vinculados, según la información suministrada por los promotores, a distintas expresiones del progresismo y del Pacto Histórico.

Los asistentes expresaron su respaldo a Gustavo Rojas y Luis Gabalo y llamaron a multiplicar los esfuerzos para conquistar esta representación universitaria.

La escena plantea un interrogante político inevitable: ¿hasta dónde llega el respaldo expresado por los dirigentes presentes y qué alcance tiene frente a las organizaciones a las que pertenecen?

Una cosa es que líderes de diferentes movimientos manifiesten su apoyo a una fórmula. Otra, distinta, es afirmar que existe una decisión orgánica de toda una coalición. Para establecerlo hay que conocer las actas, los mecanismos internos de decisión y los pronunciamientos oficiales de las organizaciones involucradas.

La distinción no es menor. En política, las adhesiones individuales tienen peso, pero no siempre equivalen a un mandato colectivo.

https://www.facebook.com/reel/2306601576766019/

La objeción de Juan Carlos Sandoval

La controversia tomó fuerza con el pronunciamiento de Juan Carlos Sandoval en redes sociales. El dirigente cuestionó que un sector minoritario del Pacto Histórico presente la candidatura como una expresión de respaldo de toda la coalición.

En su publicación sostuvo que no se habría realizado una reunión o asamblea en la que se adoptara democráticamente esa decisión. También señaló que Gustavo Rojas no es militante del Pacto Histórico y contrastó su situación con la de Nevys, a quien identificó como integrante de esa colectividad.

Su mensaje, rematado con un llamado a la seriedad política, pone el foco en un asunto concreto: la diferencia entre el respaldo de determinados dirigentes y el aval institucional de una organización.

Pero la discusión deja otra pregunta abierta: si existen desacuerdos sobre el procedimiento, ¿cuál es el mecanismo que permitiría resolverlos antes de la elección?

Porque cuestionar la legitimidad de un anuncio no resuelve por sí solo el problema de la representación universitaria. Y exhibir una lista de adhesiones tampoco sustituye la necesidad de demostrar el alcance real de esos respaldos.

La salida, si existe voluntad de unidad, pasa por aclarar las reglas, transparentar las decisiones y establecer si hay espacio para un acuerdo más amplio.

La experiencia de los egresados entra en la discusión

Gustavo Rojas no llega a esta contienda como una figura desconocida para la comunidad de graduados. Preside la Asociación de Egresados de la Universidad del Atlántico (ANEUA), organización que cumplió nueve años de trabajo en favor de la articulación y representación de profesionales formados en esa institución.

El Popular ha reseñado actividades de la asociación, incluidos encuentros que reúnen a cientos de egresados para fortalecer vínculos académicos y profesionales.

Ese recorrido constituye un antecedente verificable de su actividad en el ámbito de los graduados, aunque no reemplaza el debate sobre sus propuestas para el Consejo Superior ni demuestra, por sí mismo, el respaldo de toda la comunidad universitaria.

La elección exige mirar más allá de las adhesiones políticas: ¿qué plantea la fórmula para fortalecer la participación de los egresados?, ¿cómo entiende la autonomía universitaria?, ¿qué propone frente a la calidad académica, la transparencia y el papel de la Universidad del Atlántico en el desarrollo regional?

Son preguntas que los candidatos deben responder con claridad, porque la representación universitaria no puede reducirse a una disputa por logos, fotografías y declaraciones.

El fantasma de la división

La controversia también revive el recuerdo de la reciente elección de representantes estudiantiles ante el Consejo Superior, resultado que algunos sectores alternativos interpretan como una advertencia sobre los costos de la fragmentación.

Sin embargo, atribuir un resultado electoral exclusivamente a la división política exige revisar las cifras, las candidaturas, la participación y las circunstancias específicas de aquella contienda. La comparación sirve como advertencia política, no como prueba de que la historia necesariamente vaya a repetirse.

La pregunta, entonces, no es solamente quién tiene más dirigentes a su lado. Es si las distintas corrientes están dispuestas a construir reglas comunes y respetar los procedimientos que ellas mismas reclaman.

Si la unidad se invoca únicamente cuando favorece una candidatura, pero se cuestiona cuando la promueven otros sectores, el discurso pierde consistencia. Y si una candidatura pretende representar a toda una coalición sin demostrar que cuenta con su aval formal, también tiene pendiente una explicación.

La coherencia debe exigirse en ambas direcciones.

La Universidad no puede quedar atrapada en la pelea partidista

La Universidad del Atlántico necesita una representación de egresados capaz de llevar al Consejo Superior las preocupaciones de quienes se formaron en sus aulas. Esa tarea requiere independencia de criterio, capacidad de interlocución y compromisos concretos con la institución.

La disputa política puede hacer parte de la contienda, pero no debería desplazar las preguntas esenciales sobre el gobierno universitario.

Gustavo Rojas y Luis Gabalo tienen ante sí el reto de explicar qué representación quieren ejercer y cómo convertirán los apoyos anunciados en una agenda para los egresados. Sus contradictores, por su parte, tienen la oportunidad de precisar los mecanismos que consideran necesarios para validar un eventual respaldo colectivo y, si lo estiman conveniente, proponer una salida de consenso.

Al final, la legitimidad de una candidatura no se mide únicamente por la cantidad de dirigentes que aparecen en una rueda de prensa ni por la intensidad de sus críticos. También depende de la transparencia de sus procedimientos, la claridad de sus propuestas y el respaldo que efectivamente logre demostrar.

El próximo 6 de noviembre, la discusión tendrá un escenario decisivo. Hasta entonces, queda una pregunta sobre la mesa: ¿será posible convertir las diferencias del progresismo en un acuerdo alrededor de la Universidad del Atlántico o terminará imponiéndose la disputa por quién puede hablar en nombre de quién?

Porque en esta historia hay dos debates distintos: el de las candidaturas al Consejo Superior y el de la autoridad política para representar una coalición. Confundirlos puede alimentar la polémica; aclararlos es lo que permitiría avanzar.

EL POPULAR | Periodismo independiente del Caribe colombiano

Soy periodista independiente y miembro activo de la Asociación de Periodistas Independientes de Colombia (APIC). Trabajo con formatos escritos y audiovisuales, aportando investigación rigurosa y un enfoque humano que prioriza las voces locales. Mis reportajes y crónicas integran un toque narrativo potente: uso la narrativa para dar contexto y profundidad, transformando datos en historias que conectan con el lector. Disponible para colaboraciones, investigación y proyectos editoriales.

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Opinión

La basura que dejamos en la calle también termina siendo parte de nuestras inundaciones

Las imágenes que dejó el aguacero de este lunes en Barranquilla deberían servirnos para algo más que para sorprendernos durante unos minutos en redes sociales.

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La enorme cantidad de residuos acumulados en la trampa del arroyo León —entre ellos plásticos, espuma, escombros y residuos voluminosos— vuelve a poner frente a nuestros ojos una realidad que no podemos seguir normalizando: la basura que arrojamos en una calle, un canal, un arroyo o un espacio público no desaparece. Cuando llueve, encuentra el camino del agua.

Y ese camino puede terminar afectando nuestros barrios, nuestros ecosistemas y nuestra propia calidad de vida.

Durante 2026, según información reportada por el Distrito, 4.421 toneladas de residuos han sido retiradas de la trampa del arroyo León, una infraestructura cuya función precisamente es interceptar los materiales que son arrastrados por las corrientes y evitar que continúen hacia otros cuerpos de agua.

Pero detrás de esa cifra hay una pregunta que como ciudad debemos hacernos:

¿Por qué estamos produciendo y arrojando tanta basura que termina en nuestros sistemas de drenaje?


La respuesta no puede limitarse a señalar a una empresa de aseo.

La basura no es solamente un problema de aseo. Es un problema de cultura ciudadana.

Claro que necesitamos empresas de servicios públicos eficientes. Necesitamos mantenimiento, infraestructura, limpieza, vigilancia y autoridades que respondan.

Pero ninguna ciudad puede resolver completamente el problema de los residuos si una parte de sus habitantes continúa utilizando las calles, canales y arroyos como lugares para deshacerse de aquello que ya no necesita.

El propio Distrito ha documentado durante años la presencia de residuos voluminosos, plásticos, residuos orgánicos y escombros en los sistemas hídricos de Barranquilla.

Por eso este no puede ser un debate de estratos, barrios o sectores.

La responsabilidad ambiental atraviesa toda Barranquilla.

Está en el barrio popular y en el conjunto residencial.

Está en la tienda de esquina y en el gran establecimiento comercial.

Está en quien arroja una bolsa desde un vehículo y en quien abandona un colchón, una nevera o unos escombros en cualquier esquina.

Está en todos.

Y si queremos una Barranquilla preparada para los desafíos ambientales y climáticos que vienen, tenemos que empezar por cambiar nuestra relación con los residuos.

El cambio climático también nos exige cambiar nuestra cultura

Estamos entrando en un escenario climático que exige mayor preparación.

El IDEAM ha confirmado durante septiembre de 2026 el fortalecimiento de las condiciones de El Niño y advierte que sus efectos no son iguales en todo el territorio nacional.

Eso significa que no podemos mirar cada aguacero como un hecho aislado.

Tenemos que pensar en prevención.

Tenemos que pensar en infraestructura.

Tenemos que pensar en nuestros cuerpos de agua.

Pero también tenemos que pensar en nuestros hábitos.

Porque una ciudad preparada para los fenómenos climáticos no es solamente una ciudad con grandes obras de infraestructura. Es también una ciudad cuyos ciudadanos entienden que sus decisiones cotidianas tienen consecuencias colectivas.

Una botella que alguien tira en la calle puede parecer insignificante.

Un mueble abandonado puede parecer un problema del siguiente.

Una bolsa plástica puede parecer simplemente una bolsa.

Pero cuando miles de pequeñas decisiones equivocadas terminan concentrándose en nuestros canales y arroyos, el problema deja de ser pequeño.

No podemos pedirle a la naturaleza que soporte nuestra irresponsabilidad

Barranquilla tiene una relación particular con el agua.

Nuestros arroyos forman parte de la identidad y de la dinámica de la ciudad. Y el arroyo León, además, está conectado con un sistema ambiental que conduce hacia la ciénaga de Mallorquín y el Caribe.

La propia Alcaldía ha señalado que la trampa del arroyo León funciona como una barrera para retener residuos y proteger estos ecosistemas. Desde su puesta en funcionamiento, según información distrital, se han retirado más de 215.000 toneladas de residuos.

Eso debería hacernos reflexionar.

¿Cuánta basura más estamos dispuestos a producir antes de entender que el problema empieza mucho antes de llegar a la trampa?

La solución no puede ser simplemente recoger más basura.

Tenemos que producir menos residuos, separar mejor, disponerlos correctamente, reciclar, reutilizar y evitar que los desechos lleguen a las calles y a los sistemas de drenaje.

Una responsabilidad que nos corresponde a todos

Como concejal de Barranquilla, considero que este debate debe superar la indignación momentánea que producen unas imágenes en redes sociales.

Necesitamos convertirlas en educación.

En prevención.

En participación ciudadana.

En cultura ambiental.

Y, sobre todo, en acciones permanentes.

Porque cuidar Barranquilla no puede ser una tarea exclusiva de la Alcaldía, de la empresa de aseo, de los recicladores o de las organizaciones ambientales.

Cuidar Barranquilla es una responsabilidad colectiva.

Quiero hacer un llamado a todos los ciudadanos, sin importar dónde vivan, cuánto tengan o a qué actividad se dediquen:

  • No arrojes basura a la calle.
  • No arrojes residuos a los arroyos.
  • No abandones escombros ni residuos voluminosos en el espacio público.
  • Separa y entrega correctamente tus residuos.
  • Y, sobre todo, entiende que aquello que tiras lejos de tu casa puede terminar regresando a tu comunidad convertido en contaminación, inundación o deterioro ambiental.

Barranquilla necesita obras.

Barranquilla necesita infraestructura.

Barranquilla necesita autoridades comprometidas.

Pero Barranquilla también necesita ciudadanos comprometidos.

Porque al final, la pregunta no es solamente quién recoge nuestra basura.

La verdadera pregunta es:

¿Qué estamos haciendo cada uno de nosotros para que esa basura no termine donde no debe?

MAICOL FLOREZ

Concejal de Barranquilla

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Opinión

Señal Colombia: “La televisión de la Patria Milagro”

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Durante 4 años, el periodo de gobierno de Gustavo Petro en Colombia, el Sistema de Medios Públicos: Señal Colombia y la Radio Nacional de Colombia, dedicó sus espacios de programación a programas de corte izquierdista sin tener en cuenta los conceptos de otros sectores de la poblacion; excluyeron a productores librepensadores de centro y derecha; inclusive tomaron proyectos ajenos y los hicieron como suyos a su propia conveniencia.

Bajo el mandato del presidente Abelardo de la Espriella, la televisión pública de Colombia debe dejar atrás la polarización ideológica para abrir paso a un modelo pluralista y verdaderamente incluyente.

La propuesta para renombrar a la entidad como Señal Colombia: «La Televisión de la Patria Milagro» busca consolidar un espacio cultural y informativo donde todas las corrientes de pensamiento —centro, derecha, izquierda y librepensadores— participen en pie de igualdad, garantizando la equidad democrática y el respeto por la pluralidad nacional.

En una propuesta  de Democratización en un proceso de renombramiento oficial, se propone adoptar el nombre Señal Colombia: «La Televisión de la Patria Milagro» para simbolizar el renacimiento institucional y la unidad de la nación bajo principios de libertad.

Este pensamiento de pluralismo  garantizado debe establecer por estatuto una programación equilibrada que incluya la voz y el criterio de sectores de centro, derecha y demócratas tradicionalmente excluidos.

Desde convocatorias abiertas y transparentes, dar aperturas a licitaciones y espacios a productores independientes y librepensadores de todo el espectro político nacional sin vetos ideológicos.

Debe haber, sin menoscabo de la
Libre Expresión  auditoría de contenidos desde la producción, la participación de veedurías ciudadanas independientes que vigilen el uso neutral y objetivo de los recursos y pantallas públicas del Estado.

Respeto a la propiedad intelectual: Establecer normas estrictas para prohibir la apropiación indebida de proyectos ajenos y reconocer la autoría de creadores externos.Formación y valores:

Fomentar contenidos educativos orientados al mérito, el emprendimiento, la familia y la defensa de la institucionalidad colombiana.

Como fin primordial, despolitizar la línea editorial para transformar el canal en un foro plural que refleje la diversidad real de la sociedad colombiana.

Proyectar los valores, la reconstrucción de los valores, como la cultura, la música  nacional, la historia y las narrativas de una verdadera Patria Milagro.

TEMA/
SEÑAL COLOMBIA
LA TELEVISIÓN DE LA PATRIA MILAGRO
OPINIÓN
ESCRIBE: CARLOS ROJAS
PRODUCTOR DE TELEVISIÓN
EDITOR PRENSA CARIBE PUNTO COM
BARRANQUILLA
contacto@prensacaribe.com
ASOCIACIÓN COLOMBIANA DE PERIODISTAS
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Opinión

La perfidia del mesías: cómo Petro enterró la izquierda que prometió construir

La perfidia de Gustavo Petro: prometió enterrar la corrupción y terminó sepultando a la izquierda colombiana. 59 ministros, 24 escándalos, 2 exministros capturados, el hijo imputado y un país con peor percepción de corrupción. El denunciante se convirtió en el denunciado.

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Gustavo Petro llegó al poder en 2022 como el primer presidente de izquierda en la historia reciente de Colombia. No llegó como un advenedizo: durante dos décadas había hecho carrera señalando con el dedo la corrupción ajena, destapando escándalos como la parapolítica y el carrusel de la contratación en Bogotá. Ese historial de denunciante lo convirtió en el líder que finalmente rompió el cerco de la derecha.

Cuatro años después, el balance es desolador. No para el país solamente—para el movimiento que lo llevó al poder.

El primer gobierno de izquierda en Colombia no será recordado por sus reformas estructurales ni por la «potencia mundial de la vida» que prometió. Será recordado como el gobierno que demostró que la izquierda, cuando llega al poder, puede ser tan corrupta, tan improvisada y tan decepcionante como cualquier otro. Y esa lección, en un país de tradición conservadora, puede tardar décadas en ser olvidada.

El predicador de la transparencia, sepultado por sus propios escándalos

La promesa de campaña más grave que Petro incumplió fue precisamente la que lo había distinguido del resto: tener un gobierno sin corrupción. No es una opinión; es un dato. El Índice de Percepción de la Corrupción de 2025, publicado por Transparencia Internacional, otorgó a Colombia 37 puntos sobre 100, una caída de siete posiciones en el ranking global en un solo año. El país pasó de su mejor puntaje en una década (40 puntos en 2023) a una tendencia descendente sostenida. El cierre del gobierno de Petro dejó un «balance desfavorable en materia de percepción de la corrupción».

No es difícil entender por qué. El escándalo de la UNGRD, con 46.800 millones de pesos desviados para la compra de camiones cisterna y sobornos a congresistas, salpicó a dos exministros—Ricardo Bonilla y Luis Fernando Velasco—que terminaron capturados. El caso Nicolás Petro, el hijo del presidente, imputado por lavado de activos y enriquecimiento ilícito, puso la podredumbre dentro de la propia casa presidencial. El escándalo de Juliana Guerrero, la joven de 23 años sin título universitario que Petro presentó en consejo de ministros como futura viceministra y que luego fue señalada de cobrar comisiones por contratos, mostró hasta qué punto el criterio para nombrar funcionarios era la lealtad, no la idoneidad.

El Colombiano documentó al menos 24 escándalos durante el gobierno. Infobae reportó que en una sola semana de noviembre de 2025 Petro enfrentó «corrupción, infiltración y sanciones» que sacudieron su gobierno. Y a días de entregar el poder, la gerente del Fondo de Adaptación, Angie Rodríguez, denunció que Petro la presionó a renunciar tras frenar una maniobra para desviar más de 1,2 billones de pesos.

El hombre que hizo carrera apuntando el dedo contra la corrupción ajena termina su mandato viendo cómo su propio gobierno queda «salpicado por una serie de escándalos que afectan a algunas de las personas más cercanas a él, y que no dan tregua ni siquiera en esta recta final». La perfidia no está solo en los actos de sus funcionarios. Está en la distancia abismal entre el predicador de la transparencia y el presidente que permitió que su entorno convirtiera el Estado en una oficina de contratos a dedo.

Las reformas que no llegaron y la izquierda que se fragmentó

Petro prometió desmontar el neoliberalismo. Prometió una reforma agraria profunda. Prometió la paz total. Prometió transformar el país de raíz.

El balance, presentado por El País a días de finalizar su mandato, es despiadado: aunque logró cumplir al menos tres de sus principales promesas—la reducción de la pobreza al 28%, el nivel más bajo en la historia, y el aumento del salario mínimo—»otras quedaron a medio camino y algunas fueron un fracaso definitivo». La reforma agraria no se cumplió como prometió en campaña. La paz total fue calificada incluso por Roy Barreras, uno de los suyos, como un fracaso: «El método con el que se hizo la buena idea de la paz total fracasó».

Pero el daño más profundo no está en las reformas incumplidas. Está en lo que Petro le hizo a la izquierda colombiana como proyecto político.

Durante décadas, la izquierda en Colombia fue sinónimo de oposición, de denuncia, de la lucha contra un establishment excluyente. Petro encarnaba esa lucha. Pero gobernar no es lo mismo que denunciar. Y Petro gobernó con la misma lógica del denunciante: señalando a todos, confiando en pocos, quemando aliados a una velocidad que dejó al gobierno con un «círculo de confianza reducido y en tensión». En sus últimos meses, Petro parecía «cada vez más solo en su apuesta de realizar los cambios que prometió en 2022».

Esa soledad no fue casualidad. Fue el resultado de un estilo de gobierno que priorizó la lealtad personal sobre la capacidad, la confrontación sobre la construcción de acuerdos y el discurso sobre la gestión. Los ministros pasaron como agua: 59 en tres años, muchos de ellos saliendo por escándalos o por diferencias irreconciliables con un presidente que, según sus propios colaboradores, los acusaba de «tener una doble agenda, incumplir gran parte de sus promesas y fallar al pueblo».

El legado: una izquierda desprestigiada para una generación

El 7 de agosto de 2026, Abelardo de la Espriella, un candidato de ultraderecha, asumió la presidencia. La izquierda perdió las elecciones presidenciales, aunque por poco: Iván Cepeda sumó más de 12,7 millones de votos. Pero perder no es el problema. El problema es cómo se perdió.

Petro no fue derrotado por la derecha. Fue derrotado por sus propios escándalos, por su incapacidad para gobernar y por la percepción—fundamentada en hechos—de que su gobierno fue sinónimo de improvisación, corrupción y desgaste. La izquierda que él representaba no quedó fortalecida por haber gobernado; quedó debilitada, estigmatizada, asociada en la mente de millones de colombianos no con el cambio que prometió, sino con el caos que dejó.

Hay quienes dirán que el balance no es tan sombrío: la pobreza disminuyó, el desempleo cayó, el salario mínimo subió. Y es cierto. Pero esos logros, que podrían haber sido la base de un proyecto de izquierda durable, quedaron enterrados bajo el peso de los escándalos. La percepción de corrupción no miente: Colombia cayó en el ranking global. La confianza institucional se erosionó. Y el movimiento que llevó a Petro al poder—el Pacto Histórico—terminó fragmentado, debilitado por el Consejo Nacional Electoral y en vías de desintegración.

La perfidia de Gustavo Petro no es solo la de un presidente que prometió transparencia y entregó escándalos. Es la de un líder que tuvo en sus manos la oportunidad histórica de construir una izquierda gobernante en Colombia y la desperdició. No por mala fe, quizás, sino por soberbia, por inexperiencia, por la arrogancia de creer que denunciar era lo mismo que gobernar.

Y esa perfidia, la de haber convertido la primera presidencia de izquierda en un ejemplo de lo que no debe hacerse, es la que condenará al movimiento progresista colombiano a años de desconfianza y derrota. La izquierda que Petro prometió construir queda hoy, como el Ministerio de la Igualdad que él mismo creó y vio liquidar, como un «estrepitoso naufragio». Una ilusión que se desvaneció entre promesas incumplidas, ministros capturados y un país que, al final, prefirió la derecha antes que seguir creyendo en el profeta que se convirtió en su propio anti-testimonio.

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