Víctimas
La apuesta que perdieron las víctimas: radiografía de una justicia que deja prescribir la verdad
Una confesión ante la revista SEMANA revela cómo la red de alias ‘La Gata’ y Salvatore Mancuso habría lavado dinero del narcotráfico mediante casas de apuestas en la Costa Caribe, alimentando un imperio económico ligado a la violencia. El caso reabre el debate sobre por qué esos recursos, hoy identificados e incluso incautados, no se están destinando con mayor eficacia a la reparación de las víctimas, en medio de un Fondo Nacional de Reparación que avanza con lentitud frente a la magnitud de las necesidades.
Una revelación reciente ha vuelto a encender la indignación en el Caribe colombiano. Ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), uno de los hombres de confianza de Enilse López Romero, alias ‘La Gata’, confesó el intrincado sistema de lavado de activos que canalizaba dineros del narcotráfico desde la región del Catatumbo hasta las casas de apuestas de Montería y Barranquilla, controladas por la red de la empresaria y el exjefe paramilitar Salvatore Mancuso. La confesión describe la ruta de recolección y entrega del efectivo ilícito, mismo que alimentó un imperio económico construido sobre el desplazamiento y la sangre de miles. Mientras estos mecanismos de blanqueo se ventilan en los estrados judiciales, surge una pregunta inevitable: ¿por qué estos recursos, que existieron y fueron rastreados, no están financiando hoy las cartas de reparación pendientes?
La investigación de El Popular establece un puente directo entre esas confesiones, los bienes suntuosos incautados y la realidad de un Fondo Nacional de Reparación que, a pesar de las necesidades abrumadoras, parece moverse a un ritmo incompatible con la urgencia de sus destinatarios.
La ruta del dinero: del Catatumbo a las casas de apuestas
De acuerdo con las declaraciones recogidas por la justicia transicional, el esquema era tan sencillo como brutal. Los recursos generados por el narcotráfico en el Catatumbo —zona bajo control de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC)— eran transportados hasta Montería. Allí, una red de recolectores los recibía y los entregaba a los propietarios de casas de apuestas vinculados a Mancuso y a ‘La Gata’. El dinero, sucio de cocaína y violencia, se integraba al torrente financiero legal mediante la fachada del juego y la suerte. La mano derecha de López ha detallado con precisión este circuito, salpicando a la estructura empresarial que aún hoy es objeto de litigio.
La bodega de la gata y las joyas del ‘Gatico’
Las palabras encuentran eco en los inventarios judiciales. En diciembre de 2024, la Policía incautó en Barranquilla un alijo de aproximadamente 1.200 joyas, avaluadas preliminarmente en cuantías millonarias, que presuntamente pertenecerían a Jorge Luis Alfonso López, conocido como alias ‘Gatico’, hijo de Enilse López. Estos bienes, junto con la denominada “bodega de la gata” —un inmueble que, según investigaciones recientes, también fue señalado como posible centro de tortura paramilitar—, constituyen un acervo tangible. No obstante, al parecer, estos activos aún no han sido liquidados ni han ingresado de manera efectiva al Fondo de Reparación. La Sociedad de Activos Especiales (SAE) y la Fiscalía mantienen procesos de extinción de dominio, pero la vocación reparadora de estos bienes, por ahora, es solo una promesa de papel.
El mecanismo insuficiente: radiografía del Fondo de Reparación
El Fondo Nacional de Reparación a Víctimas es el instrumento financiero creado por la Ley 1448 de 2011 para centralizar los recursos destinados a la reparación integral del universo masivo de víctimas del conflicto. Sin embargo, su operación está marcada por la paradoja de la escasez en medio de activos incautados multimillonarios.
Las cifras son elocuentes. La Unidad para las Víctimas reporta un universo de casi 10 millones de personas incluidas en el Registro Único de Víctimas (RUV). De ellas, más de 8 millones han sido afectadas por el desplazamiento forzado . Aunque durante el actual gobierno se han ordenado más de 496.000 indemnizaciones por un valor de $4,25 billones de pesos, el total histórico indemnizado asciende a $13,3 billones para más de 1,8 millones de giros individuales . La magnitud del rezago es abrumadora: millones de víctimas, muchas en la región Caribe —la más afectada del país—, aún no han recibido ni siquiera la carnetización completa que acredita su estatus y que es el primer paso para acceder a la ruta de reparación integral.
Presupuestos no ejecutados, sistemas de priorización que se traducen en filas eternas y un banco de tierras y bienes que no se moviliza a la velocidad necesaria pintan un cuadro de revictimización sistemática. La desconexión entre la política de reparación y la realidad operativa del Fondo es la verdadera condena para quienes ya lo perdieron todo.
La urgencia del Caribe: activos con nombre propio y destino pendiente
En la región Atlántico, el clamor tiene una lógica aplastante. Si se comprueba judicialmente que las casas de apuestas, el efectivo, las joyas y los inmuebles fueron adquiridos con ganancias ilícitas del paramilitarismo, su finalidad no puede ser otra que la reparación. La necesidad es inmediata y tiene rostro: el de miles de víctimas del Bloque Norte de las AUC, cuyas tierras fueron arrebatadas en Urabá, Córdoba y la propia Barranquilla. La liquidación de estos bienes no es un capricho; es un acto de justicia material para financiar las cartas de reparación.
Cuentas pendientes ante la justicia transicional
En este laberinto, surgen interrogantes legales inevitables: ¿Conocía ‘Gatico’, en su reciente rol como gestor de paz, los detalles concretos de este esquema de lavado de activos? ¿Omitió Salvatore Mancuso estos hechos económicos en su versión ante la JEP? La completitud de la confesión es un requisito fundamental para quienes buscan los beneficios de la justicia transicional. Si la verdad plena sobre los bienes no aflora, los cimientos de la reparación integral se construyen sobre arena. La Procuraduría ya había advertido, en el caso de ‘La Gata’, que su oferta de reparación carecía de vocación real al recaer sobre bienes en proceso de extinción de dominio, en un trámite que parecía no tener fin .
Esta historia de despojo fallido en su reparación tiene un correlato administrativo demoledor. Recientemente, en una reunión entre la Fiscalía General y la Unidad para las Víctimas, se evidenció que la declaración de bienes del propio Mancuso estaría incompleta, con más de 100 propiedades perdidas o no entregadas efectivamente . La constante es la promesa incumplida, el activo que se desvanece en el trámite, mientras la expectativa de las víctimas se estrella contra una institucionalidad que parece diseñada para la dilación.
Testimonios: La espera que desgarra
En los pasillos de las personerías del Caribe, la desesperanza se masca.
“A mí me indemnizaron una parte hace más de diez años, pero lo de mi madre y mis hijos, que también se tuvieron que ir por la violencia, nada. Yo ya estoy vieja y ellos llevan media vida esperando. Esos lujos que les decomisaron a ‘La Gata’ debían ser para que uno por fin viva tranquilo, pero ahí los tienen guardados. ¿Cuándo?”, relató una lideresa desplazada del sur de Bolívar en entrevista con este diario.
“Uno va a la Unidad y la respuesta siempre es que el caso está en estudio, que los recursos no alcanzan. Pero uno ve en noticias los decomisos, las camionetas, las joyas. A nosotros nos están matando otra vez, pero ahora con la espera. Es como si nuestra vida valiera menos que el papeleo”, manifestó un campesino víctima de despojo en Urabá.
La realidad de las víctimas contradice el lenguaje técnico de los comunicados oficiales. La liquidación de los bienes mencionados —las joyas de ‘Gatico’, los inmuebles de la red— representa la única posibilidad tangible de traducir el castigo a los perpetradores en un respiro para los afectados.
Un sistema que perpetúa la injusticia
El camino es una secuencia de fracasos encadenados: un esquema criminal de lavado de activos que fue confesado y probado, bienes que son rastreados e incautados, y un Fondo de Reparación que no logra transformar ese patrimonio ilícito en alivio para las víctimas del mismo grupo armado que generó la riqueza. La revictimización no es un efecto secundario, sino la característica principal de un sistema donde la burocracia, la falta de coordinación institucional y la aparente indolencia triunfan sobre el mandato constitucional de reparar.
¿Cuánto tiempo más verán las víctimas del Caribe cómo los zafiros y las escrituras permanecen en depósitos judiciales mientras se extinguen sus vidas en la espera?
Víctimas
Más de 600 familias beneficiadas: DPS confirma resultados positivos del Convenio 921-FIP-2024 en el Chocó
Más de 600 familias fueron beneficiadas con el Convenio 921-FIP-2024, ejecutado con acompañamiento y supervisión del DPS, incluso en territorios de alta complejidad.
Tras una suspensión preventiva en julio, el proceso se recompuso, avanzó con normalidad y hoy se encuentra en su etapa final, a la espera de informes para su cierre definitivo.
La supervisión institucional, la articulación comunitaria y el seguimiento permanente permitieron llevar a buen término el convenio, incluso tras una suspensión preventiva en julio.
El desarrollo del Convenio 921-FIP-2024 se consolida como una experiencia positiva y significativa de articulación institucional, trabajo comunitario y compromiso social en territorios históricamente afectados por múltiples dificultades estructurales. Su ejecución demuestra que, aun en contextos complejos, es posible alcanzar resultados concretos cuando confluyen la voluntad, la solidaridad y el respeto por las comunidades.

De acuerdo con la información oficial y los soportes documentales del proceso, el convenio se ejecutó bajo parámetros de legalidad, transparencia y estricto cumplimiento de los lineamientos establecidos por el Departamento de Prosperidad Social (DPS), entidad que lideró y supervisó el desarrollo del mismo
Uno de los aspectos más destacados del convenio fue la capacidad de gestión y articulación del operador, así como la disposición solidaria de proveedores y contratistas, quienes comprendieron la importancia social del proyecto y aunaron esfuerzos para llevarlo a buen término. Así lo expresó el supervisor del DPS en comunicación telefónica sostenida con El Popular, al resaltar que este contrato se convirtió en una experiencia “importante y bonita”, marcada por la colaboración y el compromiso colectivo.
La ejecución del Convenio 921-FIP-2024 no estuvo exenta de retos. La geografía del territorio, las condiciones de acceso, la dispersión de las comunidades y las dinámicas propias de zonas con alta complejidad social representaron desafíos permanentes. Sin embargo, estos obstáculos fueron superados de manera responsable y positiva, priorizando siempre el bienestar de las comunidades beneficiarias.

Gracias a este esfuerzo conjunto, más de 600 familias de los territorios priorizados lograron acceder a los beneficios contemplados en el convenio, impactando de manera directa su calidad de vida y fortaleciendo los procesos comunitarios desde un enfoque diferencial y de respeto por la autonomía de los pueblos.
Cabe resaltar que, conforme a la documentación oficial, el proceso se desarrolló sin observaciones ni hallazgos por parte de los organismos de control, y no registra investigaciones ni cuestionamientos administrativos, lo que ratifica la correcta ejecución del convenio y la idoneidad de los actores involucrados
Suspensión temporal y recomposición del proceso
Como parte de los mecanismos de control y vigilancia, el convenio tuvo una suspensión temporal en julio de 2025, decisión adoptada de manera preventiva y debatida en los comités técnicos correspondientes. Tras la revisión técnica y jurídica, y con acompañamiento institucional, no se evidenciaron irregularidades, por lo cual las actividades fueron reanudadas, permitiendo la continuidad normal del proyecto.
Incluso, una visita administrativa de la Personería Municipal de Bagadó concluyó que el operador dio cumplimiento a los requerimientos efectuados, sin que se evidenciaran irregularidades en los aspectos verificados, fortaleciendo así la confianza en la ejecución del convenio.
Pronunciamiento oficial de la Personería Municipal de Bagadó

Personería Municipal de Bagadó y Departamento de Prosperidad Social – Foto: Redes Asorewa.
En el marco de este seguimiento institucional, y tras la suspensión temporal del convenio en julio de 2025 como medida preventiva, se realizó una visita administrativa al territorio con acompañamiento de los entes de control. Como resultado de esta verificación, la Personería Municipal de Bagadó emitió un pronunciamiento oficial en el que concluye que, luego de revisar los aspectos correspondientes, no se evidenciaron irregularidades en la ejecución del Convenio 921-FIP-2024, lo que permitió la reanudación de las actividades y la continuidad normal del proceso bajo supervisión del DPS.
“La Personería Municipal de Bagadó concluye que, conforme a lo evidenciado en la presente visita administrativa, la Asociación ASOREWA ha dado cumplimiento a los requerimientos efectuados (…), sin que se evidencien irregularidades a la fecha de la visita en el aspecto verificado.”
Personería Municipal de Bagadó
Acta de visita administrativa – Convenio 921-FIP-2024
Ampliación del plazo y etapa final
En la más reciente comunicación sostenida entre El Popular y el supervisor del DPS, se informó que el convenio cuenta con una ampliación del plazo hasta el 27 de febrero, a la espera de la entrega y revisión de los informes finales, requisito necesario para el feliz término del proceso y la autorización del último pago correspondiente.
Este cierre administrativo hace parte del procedimiento regular de supervisión y garantiza que los recursos públicos se desembolsen únicamente una vez se verifique el cumplimiento integral de los compromisos adquiridos.
Seguimiento periodístico permanente
Desde el inicio del convenio, El Popular ha realizado un monitoreo constante y riguroso del proceso, recibiendo comunicaciones oficiales y respuestas formales tanto del operador como de Prosperidad Social, en ejercicio del derecho ciudadano a la información y del control social que corresponde a los medios de comunicación.
En ese mismo sentido, El Popular continuará atento a la finalización y cierre de este convenio, cuyo alcance impacta de manera directa la vida y la dignidad de comunidades de la Colombia profunda. El medio hará seguimiento especial a la revisión de los informes finales, al cumplimiento de los compromisos establecidos y a la verificación de su impacto real en el territorio, mediante la recolección de testimonios de las comunidades beneficiarias que permitan dimensionar cómo este proceso incidió en su calidad de vida, con la expectativa de que este tipo de iniciativas tengan continuidad en el marco del próximo gobierno.
La información oficial recibida ratifica que la selección del operador se realizó bajo la modalidad de contratación con enfoque diferencial, amparada en criterios objetivos de idoneidad y capacidad territorial. Asimismo, se confirma que la totalidad del expediente contractual se encuentra publicado y disponible en la plataforma SECOP II, garantizando la transparencia del proceso y el acceso público a la información.
Un balance favorable
El Convenio 921-FIP-2024 deja un balance favorable no solo por el número de familias beneficiadas, sino por demostrar que, aun en contextos complejos, la articulación entre el Estado, las organizaciones comunitarias y los actores locales puede traducirse en resultados positivos, verificables y socialmente transformadores.
Barranquilla
Los hoteles que alojaron a las víctimas y el malapaga de Char
En Barranquilla, los hoteles Colonial Inn y Granada, que durante meses brindaron alojamiento y alimento a víctimas del conflicto remitidas por la Secretaría de Gestión Social, siguen esperando el pago de $73.625.000 por servicios prestados al Distrito. Pese a las promesas reiteradas del supervisor del contrato, Camilo de Castro Chapman, la Alcaldía respondió que no existe contrato y que el pago corresponde a un operador que niega la deuda, dejando a los prestadores en un limbo administrativo. El silencio de los órganos de control agrava una situación que ya se perfila como omisión institucional y evidencia la distancia entre el discurso de eficiencia social de la administración distrital y la realidad de quienes, de buena fe, sostuvieron la atención a las víctimas.
En Barranquilla, la Puerta de Oro de Colombia, o más bien la ventana del mundo, siempre se ha enorgullecido de su espíritu abierto, alegre y hospitalario. La ciudad ha recibido a inmigrantes, empresarios, turistas y soñadores con el mismo calor que emana del asfalto y del alma costeña.
Pero esa calidez parece enfriarse cuando los que llegan no vienen en cruceros ni con itinerarios turísticos, sino huyendo del conflicto armado. Son hombres y mujeres desplazados, con sus hijos al hombro y la memoria cargada de ausencias, que llegan a esta tierra buscando empezar de nuevo.
Sin embargo, esa nueva vida, que debería encontrar cobijo en la institucionalidad, suele enredarse en papeles, sellos y promesas. Las puertas de las oficinas se abren con discursos y se cierran con excusas.
Esta crónica, sin embargo, no se centra solo en las víctimas que huyen de la guerra, sino en las otras víctimas: aquellas que, con esfuerzo, humanidad y sentido social, le prestan al Estado un servicio que el Estado mismo no cumple a tiempo. Son los hoteles Colonial Inn y Granada, piezas clave del Programa de Ayuda Humanitaria Inmediata a las Víctimas del Conflicto Armado, adscrito a la Secretaría de Gestión Social del Distrito de Barranquilla.
Todo ocurre bajo la administración de Alejandro Char Chaljub, quien, según la encuesta Guarumo-Ecoanalítica, fue elegido por los ciudadanos como el mejor alcalde de Colombia en 2025, con un respaldo del 85,4 %.
Pero detrás de los titulares de éxito y los videos institucionales de sonrisas y aplausos, se esconde una historia que contradice el discurso. Una historia donde la burocracia se convierte en una capa que oculta la realidad de quienes hicieron posible esos logros: los prestadores que no fueron pagados.
El origen del reclamo
Entre febrero y mayo de 2024, los hoteles Colonial Inn y Granada alojaron a dieciocho víctimas del conflicto armado, remitidas directamente por funcionarios del Distrito para recibir asistencia humanitaria inmediata.
El servicio incluía alojamiento, alimentación, lavandería y kits de aseo, y fue prestado sin interrupciones ni quejas. Las habitaciones se llenaron de familias que llegaban con miedo y partían con un poco de esperanza.
Los administradores presentaron sus cuentas de cobro, debidamente soportadas, por un valor total de $73.625.000 pesos. La deuda parecía cuestión de días. Las comunicaciones con el supervisor del contrato, Camilo de Castro Chapman, fluían con naturalidad. “La próxima semana sale”, decía él, y los hoteles seguían confiando, convencidos de que la palabra de un funcionario era suficiente.
Pero las semanas se volvieron meses, y las promesas se convirtieron en una letanía repetida con distintas excusas: “el operador no ha recibido los recursos”, “estamos cerrando la vigencia fiscal”, “el secretario ya tiene todo”, “esto es cuestión de trámite”.
Cada mensaje, cada cita incumplida, era una nueva estocada al corazón financiero de los hoteles.
El derecho de petición: cuando la paciencia se agota
Cansados de esperar, ambos hoteles, decidieron formalizar su reclamo. El Derecho de Petición —amparado en el artículo 23 de la Constitución Política y el artículo 5 del Código Contencioso Administrativo— fue dirigido al Alcalde Distrital Alejandro Char Chaljub, con copia a la Personería, la Defensoría del Pueblo, la Procuraduría General de la Nación y la Contraloría.
El documento, de tono respetuoso y técnico, resumía tres años de trabajo conjunto con el Distrito. En él, el hotel alegaba que los servicios fueron prestados a población remitida oficialmente por la Alcaldía, bajo conocimiento y coordinación de la Secretaría de Gestión Social.
Aportó pruebas: listas de beneficiarios, comprobantes de ingreso, cuentas de cobro, y los chats de WhatsApp donde el propio Camilo de Castro reconocía reiteradamente la deuda y aseguraba que el pago estaba en trámite.
“Nosotros hicimos el trabajo que el Estado debía hacer: atender a las víctimas. No pedimos favores, pedimos justicia”, relató un empleado.
La respuesta oficial
El 11 de agosto de 2025, mediante el radicado QUILLA-2025-0179732, la Secretaría Distrital de Gestión Social emitió su respuesta. El documento, firmado digitalmente por el secretario Ismael Enrique Marín Daza, negaba el pago.
“Revisadas las bases de datos de los contratos celebrados por el Distrito se evidencia que no existe contrato suscrito con los Hoteles Colonial y Granada para la operación del Programa de Atención Integral a Víctimas… En consecuencia, el Distrito carece de habilitación legal para pagar las sumas reclamadas.”
Con esas líneas, el Distrito se amparaba en el principio de relatividad de los contratos (artículo 1602 del Código Civil) y trasladaba toda la responsabilidad al operador.
Según la carta, cualquier obligación debía exigirse al contratista privado encargado del programa, no a la administración pública.
Pero el operador anterior nunca formalizó un contrato con el hotel, y el nuevo operador aseguró no tener conocimiento de la deuda.
En esa maraña de responsabilidades cruzadas, los hoteles quedaron en el limbo: sin contrato, sin pago y sin respuesta clara.
El trasfondo jurídico
El caso pone en evidencia una falla estructural en la gestión contractual pública.
De acuerdo con la Ley 80 de 1993, todo contrato estatal debe ser escrito y perfeccionado antes de ejecutarse. Sin embargo, la Ley 1437 de 2011 (artículo 140) y la jurisprudencia del Consejo de Estado establecen que, cuando una entidad se beneficia de un servicio y se niega a pagar, puede configurarse un enriquecimiento sin causa o un daño antijurídico que da lugar a indemnización.
La doctrina es clara: si el Estado obtiene un beneficio económico o social —como alojar víctimas remitidas oficialmente— y no compensa al proveedor, incurre en responsabilidad extracontractual del Estado (artículo 90 de la Constitución).
En otras palabras: no puede haber gestión social con facturas impagas.
El silencio cómplice de la burocracia

Si algo deja claro este caso es que la omisión también es una forma de violencia.
Porque no pagar un servicio debidamente prestado —y más aún cuando ese servicio fue brindar techo y dignidad a las víctimas del conflicto armado— no es un simple “retraso administrativo”; es una falla moral, ética y funcional del Estado.
Los funcionarios que dilatan, que prometen sin cumplir y que esconden la cabeza detrás de un correo electrónico o una cadena de excusas, no solo violan los principios de eficiencia y buena fe administrativa establecidos en el artículo 209 de la Constitución, sino que además traicionan la confianza de los ciudadanos que sostienen, con su esfuerzo, los programas sociales que ellos exhiben como logros en los medios.
En la Alcaldía de Barranquilla, los supervisores de contrato y responsables de la Secretaría de Gestión Social, lejos de honrar el compromiso adquirido con los prestadores del servicio, se convirtieron en toreadores profesionales de la obligación pública: moviendo la capa del “ya casi”, del “el operador no ha recibido los recursos”, del “la otra semana sí sale”.
Mientras tanto, los hoteles —que abrieron sus puertas por humanidad y por confianza institucional— ven cómo su paciencia se desangra junto con su contabilidad.
Pero lo más grave no es solo la falta de pago: es el silencio de los entes de control.
La Personería Distrital, la Procuraduría General de la Nación y la Defensoría del Pueblo fueron notificadas del caso mediante copia del Derecho de Petición. Sabían, por escrito, que existía una posible omisión administrativa, un perjuicio económico, una vulneración de derechos.
Y, sin embargo, no hicieron nada.
No abrieron una investigación preliminar, no emitieron pronunciamiento, ni siquiera enviaron una comunicación formal al peticionario.
Ese silencio, según la Ley 1952 de 2019 (Código General Disciplinario), puede constituir una falta grave por omisión del deber funcional. Pero más allá de la letra fría de la ley, es una forma de complicidad estatal: cuando quienes deben vigilar se cruzan de brazos, se convierten en parte del daño.
La omisión también construye impunidad.
Cuando el Estado deja sin respuesta a los ciudadanos que le sirven, legitima la injusticia y normaliza el abuso de poder.
Los funcionarios que se niegan a asumir responsabilidad, o que se escudan en tecnicismos contractuales, olvidan que detrás de cada factura hay una historia humana. Que los hoteles no cobraban un favor, sino el cumplimiento de un deber del Estado. Que las víctimas que ellos hospedaron son las mismas que los informes de gestión muestran como “atendidas” para justificar presupuestos y estadísticas.
El país se ha acostumbrado a la idea de que las entidades públicas pueden fallar sin consecuencias.
Pero los artículos 26 y 27 de la Ley 1952 de 2019 son claros: retardar, omitir o negar injustificadamente una respuesta constituye falta disciplinaria. Y cuando ese acto se traduce en perjuicio económico o daño moral a terceros, se convierte en una forma de corrupción silenciosa.
Los funcionarios que se esconden detrás del anonimato del cargo olvidan que el poder público no es una trinchera, sino un mandato temporal para servir.
Y cuando no cumplen ese mandato, cuando omiten deliberadamente actuar, se alinean con los intereses de quienes prefieren la opacidad a la transparencia.
Eso —en términos éticos y sociales— es complicidad institucional: un entramado de indiferencia que hiere tanto como la corrupción directa.
El drama de los hoteles Colonial Inn y Granada revela una verdad incómoda: la gestión social del Distrito se sostiene sobre la buena fe de ciudadanos que confían más en la palabra que en los contratos. Y cuando esa palabra se incumple, no solo se destruye una relación comercial; se fractura la confianza entre el Estado y la sociedad.
Cada promesa incumplida, cada mensaje ignorado, cada entidad que calla cuando debería actuar, construye una cadena de negligencia que termina revictimizando a los mismos que un día ayudaron a las víctimas.
Porque aquí, los verdaderos aliados del Estado —los que prestaron techo, comida y humanidad— han sido dejados al borde de la ruina por la inercia de una burocracia que parece incapaz de reconocer su propia deuda moral.
Y así, mientras el alcalde encabeza encuestas y la administración celebra su eficiencia en redes sociales, en los hoteles que un día fueron refugio solo quedan las luces apagadas y las facturas pegadas en la pared.
Allí, donde antes se hablaba de esperanza, hoy se repite una sola pregunta:
¿Quién le pasa la cuenta al Estado cuando el Estado es quien debe pagar?
Detrás del expediente, una historia humana
Más de ochenta familias desplazadas pasaron por los hoteles Colonial Inn y Granada.
Allí encontraron no solo una cama y comida caliente, sino atención y respeto.
“Nos trataron como personas, no como números”, cuenta una mujer que llegó con sus hijos desde el sur de Bolívar.
Ese trato digno, ofrecido con recursos propios, hoy se ve traicionado por una administración que se promociona como ejemplo de gestión social, mientras deja a sus aliados en la incertidumbre.
Epílogo
El caso sigue abierto.
El hotel planea interponer una acción de reparación directa contra el Distrito, con base en las pruebas aportadas y los chats que demuestran la aceptación tácita del servicio.
Mientras tanto, en la fachada del Hotel Colonial, un cartel amarillento anuncia “Bienvenidos”. Debajo, plastificado, cuelga el derecho de petición: prueba de que en Colombia, a veces, la buena fe también se radica con número de entrada.
Barranquilla sigue brillando en las encuestas. Pero detrás de sus cifras de éxito, esta historia recuerda que la grandeza de una administración no se mide en popularidad, sino en cómo cumple sus compromisos con los más pequeños.
Porque cuando un Estado olvida pagar a quienes lo ayudan a atender a las víctimas, termina convirtiendo a sus aliados en nuevas víctimas de su propia burocracia.
Nacional
Primer Encuentro Nacional e Internacional de Mesas de Víctimas en Barranquilla: solidaridad, resiliencia y unidad, un reclamo claro al Estado
El primer Encuentro Nacional e Internacional de Mesas de Víctimas realizado en Barranquilla reunió delegaciones locales, nacionales e internacionales en un espacio marcado por la solidaridad, la resiliencia y la unidad; bajo el liderazgo de David García, el evento incluyó la intervención del líder y conferencista Misael Rada, quien señaló las debilidades de las leyes que acogen a las víctimas, además de conversatorios participativos donde se aclararon dudas sobre vivienda, asilo y refugio; la jornada dejó un mensaje contundente al gobierno de Gustavo Petro: reducir la burocracia, priorizar la reparación integral y la salud mental, y garantizar que en todo proceso de paz las víctimas sean el verdadero centro.
Bajo un ambiente de participación y reclamo colectivo se desarrolló el primer Encuentro Nacional e Internacional de Mesas de Víctimas, organizado por la Mesa de Víctimas de Barranquilla, liderada por David García. La jornada reunió delegaciones locales, nacionales e internacionales con un mensaje que se repitió a lo largo del día: solidaridad, resiliencia y unidad.
El acto dio inicio con la presentación de las delegaciones que respondieron al llamado de la Mesa de Víctimas de Barranquilla. Posteriormente, el conferencista y líder Misael Rada ofreció una intervención contundente sobre las debilidades que afrontan las normas y mecanismos que deberían proteger a las víctimas, haciendo énfasis en los vacíos administrativos y jurídicos que dificultan una reparación real.







Un conversatorio participativo y con voz plural
El conversatorio central fue altamente participativo: asistentes, representantes de organizaciones y voceros de mesas de víctimas expusieron experiencias, dudas y propuestas. El ambiente del evento se percibió como profundamente solidario; muchas de las intervenciones giraron en torno a cómo transformar el dolor en memoria activa y cómo fortalecer redes de acompañamiento comunitario.
Invitados internacionales explicaron con detalle los procesos de asilo y refugio aplicables a víctimas que requieren protección fuera del país, y en el panel técnico se despejaron dudas concretas sobre mecanismos de acceso a vivienda, trámites para ayudas y rutas institucionales disponibles. La información práctica que se compartió buscó disminuir la confusión que a menudo acompaña los procesos administrativos y judiciales.
Mensaje al gobierno: apoyo, expectativa y decepción
Una de las líneas más repetidas durante la jornada fue el señalamiento hacia el gobierno nacional: las mesas, aunque apoyaron inicialmente las expectativas sobre el gobierno del presidente Gustavo Petro, dejaron constancia de su inquietud por la falta de respaldo efectivo en los programas de reparación y protección integral de víctimas. El reclamo central es claro: reducir la burocracia, acelerar los procesos de reparación integral y priorizar la salud mental de las víctimas como un eje indispensable de las políticas públicas.
Memoria y paz con las víctimas en el centro de todo
Los organizadores y participantes insistieron en que cualquier proceso de paz debe tener a las víctimas como su eje y referencia. Así lo recordaron al rememorar el compromiso plasmado en actos públicos como los realizados en el Teatro Colón de Bogotá, donde se han llevado a cabo encuentros y firmas vinculadas al posconflicto y a la reclamación de verdad y justicia. Para muchos asistentes, la exigencia es que los acuerdos de paz no queden en el papel y que su implementación priorice la reparación material, simbólica y el acompañamiento psicosocial.
Solidaridad, resiliencia y unidad: más que consignas
Esos tres términos —solidaridad, resiliencia y unidad— no solo fueron consignas del encuentro, sino la descripción del tono que recorrió la sala: relatos de sobrevivientes, propuestas de acciones concretas y compromisos de trabajo conjunto entre mesas locales e internacionales. Los asistentes coincidieron en que, pese a las fallas institucionales, la red ciudadana y el tejido organizativo siguen siendo el sostén para la exigencia de derechos.
Conclusión: urgencia de respuestas y rutas claras
El primer Encuentro Nacional e Internacional de Mesas de Víctimas celebrado en Barranquilla dejó en evidencia algo elemental: existe una voz organizada que demanda respuestas claras y acciones concretas. Las peticiones son nitidas —menos trámites inútiles, más acceso efectivo a vivienda y salud mental, y la centralidad de las víctimas en cualquier agenda de paz— y fueron formuladas frente a las autoridades y la opinión pública para que no queden en el olvido.
La Mesa de Víctimas de Barranquilla, bajo la conducción de David García, se proyecta desde este encuentro como un actor dispuesto a incidir en políticas públicas y a exigir cumplimiento real de los compromisos. El reto ahora es convertir ese clamor colectivo en medidas visibles y sostenibles que reconozcan la dignidad de las víctimas y garanticen su reparación integral.
-
Entretenimiento y Tendencias7 meses agoLa justicia al desnudo: Juez sorprendido en pleno “acto procesal”
-
Política7 meses agoAldo Espinoza Rapalino: un legado que busca abrirse paso en el Pacto Histórico
-
Nacional7 meses agoPrimer Encuentro Nacional e Internacional de Mesas de Víctimas en Barranquilla: solidaridad, resiliencia y unidad, un reclamo claro al Estado
-
Barranquilla6 meses agoLos hoteles que alojaron a las víctimas y el malapaga de Char
-
Nacional7 meses agoCampo de la Cruz defiende la dignidad de las víctimas y rechaza el uso político de la Unidad
-
Galapa6 días agoKatherin Jiménez impulsa una propuesta comunitaria basada en gestión, transparencia y trabajo colectivo
-
Noticias2 meses agoVíctimas de Barranquilla participarán en encuentro nacional sobre soluciones duraderas frente al desplazamiento forzado
-
Víctimas7 meses agoCampo de la Cruz fortalece la atención a víctimas con capacitación en PAPSIVI
